Programa
Por San Blas es costumbre encender luminarias la víspera, habiéndose perdido la costumbre de jugar la bandera delante del santo, cuando es llevado en procesión. Quien ejecutaba estos peculiares juegos malabares con la bandera lo hacía con la pretensión de que esta quedara, después de precisos y vistosos movimientos, totalmente enrollada al mástil, concluyendo con unos vivas a San Blas, coreados por todos los presentes.
Ese día se reparten las tradicionales rosquillas del santo, las cuales, según el sentir popular, tienen la facultad de librar de los males de la garganta durante el año siguiente a todos aquellos que las ingieran. Muy curiosa es la secular rivalidad mantenida entre La Puerta y Beas por la posesión de la imagen de San Blas. Según cuenta la tradición esta fue encontrada un 10 de febrero de 1565 por los gañanes Juan José Sánchez, natural de Beas, y por Antonio Ramírez, natural de La Puerta. El primero la reclamaba para su pueblo por haber sido él quien antes la tocó, mientras el segundo mantenía que era para el suyo por haberse encontrado en su término.
Esto dio lugar a no pocos rituales y disputas, siendo muy peculiar, una vez que la imagen quedó ubicada en La Puerta, la de la obligación de los llamados comisarios de la fiesta, de ambos pueblos, de entregar a los mayordomos que la organizaban cada año una carga de vino, pan y carne para hacer la caridad, dos celemines de harina para hacer buñuelos, y otros tres de garbanzos tostados para ser repartidos entre todos los asistentes.
Con el paso del tiempo otros elementos festivos se han ido uniendo al ritual de San Blas, estrechamente relacionado con la festividad de la Purificación de María –el 2 de febrero–, que la precede, como es la mucha pólvora gastada en hacer del festejo un verdadero estruendo.
Otra costumbre, ya desaparecida, era en la víspera de San Antón bendecir la “caridad” o pan que había de ser entregado a los pobres y encender hogueras en honor del santo.
Ese día los niños recorrían las calles del pueblo pidiendo casa por casa el “sanantón” –a modo de aguinaldo postrero navideño–, haciéndose notar tocando cencerros, o bien golpeando sartenes u otros útiles de cocina que pudieran producir ruido. Con el estruendo de esta monumental cencerrada era acompañado el santo en procesión hasta su ermita.