Paisaje

El Parque Natural de Sierra Mágina se alza como una gran isla montañosa en medio del mar de olivos de Jaén. Desde lejos, el relieve calizo y abrupto destaca sobre las suaves campiñas; de cerca, se descubre un territorio lleno de matices donde cada desnivel, cada barranco y cada manantial cuenta una historia. Dominando el horizonte se alza el Pico Mágina, con 2.167 metros, techo de la provincia y punto de referencia para quienes disfrutan caminando, corriendo o volando sobre las cumbres.

En sus casi 20.000 hectáreas se concentran ecosistemas de una singularidad excepcional en el sur de España. A las faldas de la sierra, olivares, huertas y frutales conviven con pequeños núcleos rurales; en las cotas intermedias se extienden bosques mixtos de encinas, quejigos y arces, acompañados por enebros, sabinas, cornicabras y majuelos. Más arriba, la montaña se vuelve áspera y luminosa: sabinas rastreras, espinos y pino laricio resisten el viento, la nieve y el hielo en parajes como el Pinar del Gargantón. En estos pisos altos aparecen algunas de las joyas botánicas de la zona, endemismos únicos en el mundo como la Jurinea fontqueri, la Lithodora nitida o la Vicia glauca, que hacen de Sierra Mágina un laboratorio natural para botánicos y amantes de la flora de montaña.

El agua es otro de los grandes hilos que cosen el paisaje. La roca caliza, profundamente karstificada, esculpe lapiaces, dolinas y cuevas, pero también alimenta fuentes, manantiales y ríos que acompañan a los locales y visitantes. Espacios como el adelfar del río Cuadros, la cascada del Zurreón, que en invierno puede llegar a congelarse, o los barrancos que descienden hacia el valle del Guadalquivir son enclaves ideales para disfrutar de rutas frescas, zonas de baño natural y miradores inesperados.

Pero Sierra Mágina no es solo naturaleza; es un paisaje profundamente vivido y trabajado. Durante siglos fue frontera entre los reinos musulmán y cristiano, algo que hoy se aprecia en castillos, torreones y restos de murallas repartidos por la comarca, de Jódar a Bedmar, de Bélmez de la Moraleda a Cambil. 

La economía del olivar, amparada por la Denominación de Origen Sierra Mágina; las huertas escalonadas de Pegalajar, la ganadería extensiva de oveja montesina u “ojinegra” y cabra blanca andaluza, o las antiguas industrias del esparto, los jabones y los perfumes han dejado una huella profunda en el territorio.

En el corazón del Sierra Mágina, cada municipio imprime un matiz propio a un paisaje compartido de montañas, agua y un cielo infinito. En Cambil y Torres, el agua es la gran protagonista, modelando bosques frescos y saltos cristalinos; mientras la verticalidad de Albanchez de Magina y la atmósfera legendaria de Belmez de la Moraleda aportan carácter y misterio. Pegalajar conserva un valioso sistema tradicional de regadío y huertas históricas declaradas patrimonio cultural, en contraste con Jódar y Cabra del Santo Cristo, donde la artesanía del esparto forma parte esencial de su identidad. Bedmar se abre como puerta a enclaves tan singulares como el río Cuadros y a la diversidad de Huelma, Jimena —hogar del Pinar de Canava— o el sobrio desfiladero de Campillo de Arenas. Desde La Guardia de Jaén se contemplan amplias panorámicas provinciales, mientras los roquedos de Carcheles y Mancha Real, antesala del ascenso a la Peña del Águila, acogen rapaces y fauna silvestre. Noalejo emerge como oasis de media y alta montaña en el límite con Granada, y Larva regala horizontes infinitos en un paisaje estepario y sereno, estratégicamente situado entre dos parques naturales. Juntos, todos conforman un mosaico paisajístico único que define el alma de la comarca.

Conjunto natural, cultural y etnográfico, Sierra Mágina se presenta como un destino donde el visitante puede caminar entre endemismos, correr entre historias y volar sobre una de las montañas más altas de Andalucía.

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