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El otoño es tiempo de abundancia en el parque natural. Cede el calor veraniego mientras llegan aguas y frescores. Y la Naturaleza entera hace notar su alivio entregando sus frutos por todas partes: pimientos, cebollas, tomates y judías morunas en las huertas, uvas, nueces, higos, y moras y granadas en lindes y ribazos.

También los frutillos silvestres puntean el monte con todos los tonos del rojo, porque el sol ha hecho madurar a fuego lento el majuelo y el lentisco, la cornicabra y la olivilla, el escaramujo y el madroño. Las aves no desperdician este regalo, que aprovechan  para afrontar la escasez de recursos que traerá el frío o la incierta aventura de la migración invernal de algunas especies al continente africano.

La tierra bebe con ansia las primeras lluvias, y rápidamente el suelo recupera verdores que hacen recordar una segunda y breve primavera. En los olivares va negreando la aceituna como promesa de la cosecha ya próxima, mientras el amarillo de los chopos marca el serpenteo de los ríos, más vivos ahora tras las penurias del estiaje.

Llegan en esta época las grandes bandadas de estorninos, cuya variada gama de silbidos desde árboles y tejados pone el ambiente sonoro a las mañanas de nuestros pueblos y aldeas. También vuelve a nuestras calles la elegante pajarita de las nieves, y a nuestros campos el jilguero, que aquí llamamos colorín. Los olivares acogen con generosidad a muchas aves que huyen del frío de otros países de Europa, como mosquiteros, petirrojos y zorzales, mientras los pinares se llenan también de cantos, porque los herrerillos, carboneros y reyezuelos se agrupan en ruidosos bandos para buscar alimento de forma colectiva.

La ardilla llena sus despensas previsoramente con toda clase de frutos del bosque, entre los que destacan las abundantes bellotas, mientras el tejón se atiborra directamente para afrontar el invierno con una buena capa de grasa.

Luchar, perseguir a las hembras y cubrirlas son las actividades que realizan los machos de los ciervos a principios del otoño. Utilizan claros del bosque para batirse y exhibir su poderío ante las hembras y los machos vencidos. El bramido y el entrechocar de las cuernas son sonidos inconfundibles que resuenan entre los valles. Esta actividad requiere de respeto y discreción para que estos animales no se vean forzados a buscar otras zonas más solitarias. El entorno del Embalse del Tranco es un buen lugar para escucharlos. También en los montes de la aldea de Onsares, del término de Villarodrigo.

Amarillos, rojos, y naranjas se apoderan del paisaje. Es el momento en que las frondosas tiñen de colores sus ramas y van cubriendo el suelo poco a poco. Nogueras, olmos, fresnos, cornicabras y arces nos deleitan con sus tonalidades. A su vez maduran los frutos de muchas especies que además de dar color son la despensa ideal para multitud de aves que, llegadas del norte de Europa, pasarán el invierno entre nosotros. Los valles de los ríos y arroyos son los lugares ideales para el caminante en esta época. También es una delicia contemplar el paisaje desde las alturas, practicando el vuelo en parapente o paramotor, para los iniciados en este deporte o contratando un vuelo en tándem.

Al igual que el bosque y los animales se preparan para pasar el duro invierno, los habitantes de las aldeas del Parque van recogiendo los últimos frutos de la cosecha para hacer conservas de tomate, asadillos o enristrar pimientos que decoran las fachadas de los cortijos. Recogen además la nuez, los higos y las uvas para hacer aguardiente con el que preparar deliciosos licores. Un buen lugar para descubrir toda esta actividad son las aldeas de los valles del Zumeta y del Segura.

Estos frutos mágicos que da la tierra y que hacen más sabrosos nuestros platos surgen tras las primeras lluvias, cuando aún las temperaturas son suaves. Hay multitud de setas y hongos pero en estas zonas la estrella es el níscalo o guíscano (Lactarius deliciosus), que es el más buscado y conocido. Aparece debajo del manto de pinocha en los grandes pinares y es importante conocer cuál es la forma correcta de recolectarlos. Cocinados a la plancha, con ajillos o en ajo de harina son una delicia.

Esta ruta permite al caminante acercarse a la legendaria aventura de la trashumancia. Sigue habiendo pastores que practican esta actividad cada año al frente de miles de ovejas de la autóctona raza segureña. En otoño se trasladan desde las zonas altas de las sierras donde han estado pastando todo el verano y se dirigen a tierras más cálidas en Sierra Morena. Puedes hacer la ruta por tu cuenta o hacerla de forma organizada con los pastores y sus rebaños. Incluso, en los últimos años, existe oferta especializada en organizar el acompañamiento a los pastores.