Desde África nos llegan cada año golondrinas, aviones comunes y vencejos, que llenan los cielos de nuestros pueblos de vuelos y de cantos. También viene el autillo, rapaz nocturna difícil de ver, pero fácil de oír, porque repite incansable su “quiu” en los aledaños mismos de los pueblos y aldeas. Otro ilustre visitante que el parque natural acoge en primavera, procedente también del continente africano, es nada menos que el águila culebrera, a la que podemos ver y escuchar hasta octubre. Carboneros, pinzones y otras avecillas forestales sacan adelante sus nidadas, mientras los jóvenes volanderos de rapaces como el cernícalo, el halcón y el ratonero viven la incierta aventura de sus primeros vuelos.


Es tiempo de gestación y puesta de huevos para ranas y salamanquesas, para el lagarto ocelado, para lagartijas como la colilarga y la ibérica, y para culebras como la de herradura y la de escalera. Los simpáticos erizos y tejones abandonan su tranquilo sueño invernal, y en lo más escondido del bosque, la jabalina trae al mundo a sus rayones, que pronto afrontarán el reto del destete al igual que las abundantes camadas de zorreznos y las escasísimas de gatitos monteses. Arriba, en roquedos y calares, las crías de cabra montés acompañan a sus madres en busca de pastos recientes y jugosos.

La explosión de vida que supone la primavera en el parque haría feliz a cualquier naturalista. En realidad, a cualquiera que sepa apreciar la exhibición de flora que se extiende por todo el territorio. Romeros y jaras van dando paso a amapolas, orquídeas y peonías. Las flores anuncian la llegada de mariposas y abejas que a su vez atraerán a las aves insectívoras que regresan de sus migraciones. Vencejos, herrerillos y carboneros llenan el silencio del amanecer con sus cantos continuos. Y podremos ver también la llegada del águila calzada, y de la culebrera, dos especies que no faltan a su cita con el Parque.

Esta actividad, que se puede practicar en todas las estaciones del año, encuentra en la primavera su momento perfecto, justo antes de que aparezcan los profundos calores del verano. Perderse por las múltiples pistas de tierra es uno de los grandes placeres que ofrece este parque natural. No hay preferencia: cualquier ruta atraviesa en esta época paisajes vivos, llenos de colores y de fuentes y arroyos.

Las tardes de marzo y de abril, con el invierno alejándose de las sierras, encontrarás a numerosos serranos buscando los deliciosos espárragos trigueros o silvestres. Son habituales en muchas zonas, y la gran mayoría de los establecimientos de hostelería del parque ofrecen riquísimos platos elaborados con ellos. Si eres aficionado a esta arraigada tradición primaveral, no puedes faltar a la cita.

Estos frutos mágicos que da la tierra y que hacen más sabrosos nuestros platos surgen tras las primeras lluvias, cuando aún las temperaturas son suaves. Hay multitud de setas y hongos pero en estas zonas la estrella es el níscalo o guíscano (Lactarius deliciosus), que es el más buscado y conocido. Aparece debajo del manto de pinocha en los grandes pinares y es importante conocer cuál es la forma correcta de recolectarlos. Cocinados a la plancha, con ajillos o en ajo de harina son una delicia.